Marcela Romagnoli
Simposios

Cuando hablamos de simposios de escultura, nos referimos en general a un encuentro de artistas en un espacio público, donde cada uno trabaja en vivo un proyecto escultórico que puede ser de una o diferentes materialidades por una cantidad de tiempo que fluctúa entre una semana y un mes, y la gente tiene la posibilidad de ver en vivo el proceso.

Procesos Colectivos
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Francisco Gazitúa

Nuestra historia

Día a día crece en mí la admiración por mi oficio, la escultura, y por mis colegas escultores. Su temple y consecuencia, amén de su forma callada de trabajar.

Admiración también por el lugar que nos ganamos dentro de las artes visuales desde el espacio público, donde la escultura —gracias a los simposios— ha tenido un crecimiento inédito en los últimos cincuenta años.

Aumentó también mi amor por nuestro oficio, ese que nos otorgó finalmente una vida independiente y honesta.

Mi agradecimiento a los que creen en nosotros: auspiciadores, empresarios-mecenas, coleccionistas, gestores de arte del sector público y privado, creadores de las colecciones y parques de escultura monumentales, arquitectos cultos que consideran la escultura pública como parte del edificio y de la ciudad.

Además, un saludo de admiración hacia el pasado, a nuestros viejos estatuarios y estatuarias: Nicanor Plaza, Virginio Arias y Rebeca Matte; a mis queridas maestras y maestro: Lily Garafulic, Marta Colvin y Samuel Román; a los pioneros de la generación anterior: Sergio Castillo, Juan Egenau, Carlos Ortúzar y Federico Assler.

Un saludo también al escultor Karl Prantl, que en 1959 crea el primer simposio en St. Margarethen, Austria. También a Janez Lenassi, creador de los simposios Forma Viva Croacia-Eslovenia en 1961, con quien tuve el honor de colaborar durante años.

Un saludo y un consejo a los escultores jovenes que reciben el legado —el más antiguo vuelo de posta cultural entre maestros y aprendices—, a los que hoy toman la punta en la bandada:

La escultura es solamente lo que los escultores hacemos de ella en cada lugar y época.

Espacio público

El agua del mar y los ríos son nuestro espacio público.

El aire es el espacio público por donde circulan las nubes.

El mar y sus playas, las montañas también lo son.

Fueron esculturas, a la orilla de las primeras huellas, las marcas del hombre en nuestro paisaje hace treinta o cuarenta mil años.

En el espacio americano, que al principio fue todo público, las primeras huellas se ensancharon, dando origen a pequeños pueblos y luego a ciudades que aún guardan trozos de espacio público primigenio como un tesoro mayor.

En las ciudades y el paisaje la gente continúa pidiendo esa marca, la huella que el escultor deja con su obra.

Seguirá transcurriendo la historia grande y la nuestra, pero nuestra función en la tribu permanece:

Somos quienes mejor que nadie acumulamos materia. La tallamos, la fundimos a fin de inmovilizar el tiempo, un hecho grande o pequeño que el grupo humano necesita recordar.

Nuestro gremio fue siempre el gran marcador del espacio público. Antes de la literatura o de la filosofía, las primeras marcas culturales del hombre en el paisaje fueron las del escultor.

Cuando el primer hombre puso tres piedras sobre un muerto, comenzó la escultura. Mucho antes de la música o de la poesía, mucho antes de que el hombre fuera hombre.

Cuando el primer ser humano entró en América y marcó con tres piedras los caminos, comenzó la cultura en el continente.

La escultura da origen al espacio público y camina consustanciada con él, evoluciona con él, y juntos crean una historia común.

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Los Simposios
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Francisco Gazitúa

Creo sinceramente que los simposios han sido para nosotros los escultores el primer paso hacia el trabajo a escala mayor en el paisaje o la ciudad. Constituyeron las instancias iniciales donde nos juntamos a compartir teoría y práctica durante tiempo prolongado, dejando nuestra obra dialogando con los habitantes del lugar, nuestros interlocutores, gente que había asistido por primera vez a ver todo el proceso de tallado desde la roca, el fierro, la madera hasta la obra final.

Los simposios hicieron accequible a los jovenes el trabajo a escala monumental. Comenzamos a entender que la escultura es un lenguaje, por eso una escultura instalada en la calle era siempre noticia.

Aprendimos una buena manera de entrar desde la calle a los espacios periodísticos culturales.

Aprendimos que nuestra relación con la gente será siempre arcaica, uno a uno, sin prisa en la temporalidad de la materia.

Aprendimos que, en su esencia, la escultura será siempre pie a tierra. Una porfiada reconexión con el otro lado de los muros del tiempo y la innecesaria prisa de las ciudades.

Aprendimos que las esculturas, por esencia, viven inexorablemente inmóviles, de pie, en un parque o en un cruce de caminos, mientras todas las otras artes vuelan y cruzan los espacios siderales y son vistas por millones de seres humanos en la red.

Esta detención del tiempo y del lugar, en apariencia la gran debilidad de la escultura, es paradojalmente nuestra gran fortaleza.

La escultura siempre ha podido hacer muy pocas cosas y en ese «casi no hacer» está su fuerza.

Porque al fin ni los filósofos, músicos o cineastas pueden hacer lo poco que nosotros hacemos.

Sabemos, al final, que el espacio de la plaza, del cementerio o del mercado abierto es el sitio arcaico-natural de la conversación real de persona a persona, sin mediación de pantallas electrónicas, rodeados de naturaleza y oxígeno para respirar, silencio o música.

El espacio escultórico es la meta final, el escenario de la reunión específicamente humana por la que todos luchamos hoy.

El espacio perfecto del futuro, ese lugar especificamente humano, llevará como siempre, su poeta, su músico y, al centro, su escultura.

Esculturas, «palabras primordiales», seres a mitad de camino entre la especie humana y la naturaleza, seres que hacemos aparecer en la superficie del planeta, substantivos de piedra. Sub–stare (lo que está debajo), médula poética, seres creados en una asociación dialéctica entre materia y necesidad escultórica, para hacerlos vivir con toda nuestra inteligencia y liviandad de manos y, al fin, dejarlos «cargados» como cartas sagradas.

Francisco Gazitúa Pirque, noviembre de 2017

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