Marcela Romagnoli

Maderas

Desde los bosques al mundo de la madera
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FLU VOIONMA

En 1998 Marcela Romagnoli comenzó a trabajar más sistemáticamente con la madera. Necesitaba con urgencia ampliar la escala de su obra. La invitación de Amigos del Arte a participar en el «Tercer simposio internacional de escultura en madera» en el parque Saval de Valdivia, fue decisiva para esta nueva etapa y una oportunidad para buscar respuestas a sus inagotables inquietudes. Época en que tuvo un importantísimo apoyo artístico y humano del escultor Roberto Pohlhammer (1925-2003), «un enamorado de la madera y de sus posibilidades», un defensor activo del bosque chileno y un impulsor incansable de la escultura en madera en el país. El testimonio más bello de esta amistad fue la exposición conjunta titulada «Maderas y Maderas», realizada en enero de 2000 en el hall principal del Museo Nacional de Bellas Artes.

El primer encuentro de Marcela con la madera se produjo, no obstante, ya en la escuela. Armó una obra que bautizó Marea alta, con trozos de mañío encontrado en las orillas de río y mar del sur de Chile. Fue una de las escasas obras «abstractas» de la escultora, que la llevó a plantear el porqué del trabajo escultórico. «¿Por qué tallar, intervenir o transformar trozos de madera si la naturaleza es tan generosa y los regala? ¿Por qué pretender hacerle la competencia a la naturaleza», como se preguntó Lily Garafulic cuando tuvo en la mira la madera[1]. Quizá, por la necesidad de descubrir «la materia del material» o «el gesto patrimonial» oculto en la riqueza asombrosa de los bosques chilenos, como dejó entender Osvaldo Peña.

Al cabo de las preguntas e indagaciones iniciales, a Marcela Romagnoli le quedó claro que aunque ella trabaje con material encontrado y tenga plena consciencia de la disociación existente «entre hacer arte y hacer discurso del arte»[2], la forma final tenía que ser identificable y expresar sus propias vivencias. Es decir, que para ella, a diferencia de la tendencia conceptual, «el hacer y los componentes físicos del arte» eran importantes. Esta actitud concreta explica también su necesidad de continuar experimentando con materiales y procedimientos diversos. Dice que en su taller, ubicado entonces en el barrio Bellavista, le «aparecieron obras como salidas de una tela», dotadas de invención y de mucho humor e imaginación. Con algunas de ellas Marcela participó en enero de 1998 en una exposición colectiva de la galería Artespacio. La obra ensamblada Mujer ángel, por ejemplo, ejecutada en madera de balsa de un pato ecuatoriano reciclado y madera de alerce despierta asombro y risa. Invención e intervención dialogan en esta figura femenina que alza su cuerpo y cabeza hacia el cielo, con los brazos extendidos. En otra obra, en tanto, titulada Hombre dibujado, la artista ocupa la parte superior de un tronco para darle forma a un rostro y a una mano, una figura apelante y misteriosa.

Intuyo que el tiempo en el taller de Bellavista fue, en lo personal, muy importante para la escultora. Es interesante destacar que en los trabajos desarrollados entonces el tema principal fue la figura humana —la mujer o el hombre por separado— y no la pareja. Son figuras voluminosas sin reducción y estilización, en que, matéricamente visto, el árbol, el tronco es el protagonista, como en Mujer ángel y Flautista. El gesto creativo de la artista crea una «corporeidad originaria» en estas figuras que sugiere, de paso, una preocupación específica por el tema de la mujer, una constante en su imaginario escultórico. Obras como las mencionadas y las ejecutadas posteriormente, como Mujer mirando al cielo, Mascarón y la serie de doce torsos de mujer titulada Contemplación, tienen en común la postura ascensional de los cuerpos que pareciera conectarlos con la energía cósmica. Todas las figuras elevan sus cabezas hacia el cielo. ¿Qué comunican estas metáforas femeninas de la escultora? ¿La búsqueda de su propio centro? «Mi ejercicio personal —decía en una entrevista— parte de la imagen de que soy como un árbol flotando sin raíces, y mi labor es lograr que este árbol se enganche a la tierra y las ramas crezcan hacia arriba». Existe, entonces, una estrecha relación con las figuras señaladas y el momento vital de la escultora, y, especialmente, con su sentir como mujer.

La participación en el simposio de Valdivia significó para Marcela un buen complemento en el manejo de tecnología, al tener que usar la motosierra y máquinas eléctricas. Aunque ya había trabajado con gubias y formones, la motosierra «le cambió la historia», como ella decía. No en vano, la prensa destacaba que nuestra escultora fue una de las más entusiastas participantes del encuentro. Los diez días en el simposio y la posibilidad de ver a otros escultores trabajando con el mismo material fue una experiencia inolvidable y bien aprovechada. Una oportunidad de emprender un proceso de conocimiento de diferentes tipos de madera al saber que en las manos de un escultor un mañío no se porta como un alerce o un alerce como un coigüe o tepa, y así sucesivamente. Por este motivo, nuestra artista se dedicó durante el simposio a esculpir su diseño en un solo tipo de madera. El resultado fue la obra Hombre inclinado con carta, «una figura antropomorfa de formas precisas y una postura original».

Valdivia marcó los dos años siguientes de Marcela. Volvió del sur con un camión de madera donada a Santiago y tuvo la suerte de compartir el taller con Roberto Pohlhammer. La admiración fue siempre mutua. Marcela encontraba al escultor «un hombre seguro y consolidado en su incondicionalidad por la escultura». Pohlhammer escribió de puño y letra un pequeño tratado estético sobre el trabajo de la escultora. Tuvo una manera muy personal y asertiva de comprender lo figurativo en la obra de Marcela y suya propia. Decía en su escrito que «los elementos figurativos son solo un pretexto para buscar relaciones estéticamente necesarias y poder construir la expresión del todo y establecer la forma escultórica».

En el mismo año 1998, la escultora tuvo la oportunidad de asumir otros desafíos que contribuyeron a profundizar lo aprendido en Valdivia y a abrir puertas a otras experiencias. Una beca Fondart, la participación en los simposios de escultura organizados por la Universidad de Chile y la Municipalidad de la Reina, así como el «IV simposio de Valdivia» al año siguiente, prepararon el terreno para dos exposiciones importantes de escultura en madera: la segunda individual en abril de 1999 en la galería Artespacio y la exposición con Roberto Pohlhammer en enero de 2000 en el Museo Nacional de Bellas Artes.

En medio de esta intensa actividad se puede dar cuenta de que la escultora volvió a tematizar cada vez más a la pareja, como también a la maternidad. La realización de la obra Puente durante el «IV simposio de madera» en Valdivia dio inicio a lo que Marcela llamaría más tarde el «calce de formas», tema que pensó desarrollar cabalmente en mármol para la muestra «Amantes en calce» del Museo de Artes Visuales. Puente, que forma hoy parte de la colección Santa Cruz Yaconi, es, sin duda, un trabajo emblemático con respecto al tema de la pareja. Una estrofa escrita por la escultora explica la intención expresiva de los cuerpos que se inclinan «para encontrarse, para amarse juntos en un beso. Eso es todo, juntos». El grado de la curva de la fusión de las partes transmite también aquí un destello de su capacidad lúdica.

Al comparar esta con las obras en bronce de los primeros años, se percibe un cambio profundo que va desde la modificación de la escala y de la materia hasta la seriedad o el tono más existencial en el tratamiento anímico del tema. Lo lúdico se retira, aunque no del todo, porque la chispa de humor es una constante. La crítica local concuerda con esta apreciación al señalar que  Puente es un trabajo de atractiva originalidad: dos figuras opuestas, inclinadas la una hacia la otra en un ángulo de noventa grados que entrelazan sus brazos sobre el cuello de la otra, formando un portón o un puente no sin cierta dosis de humor[3]. La escultora recurrió al motivo del puente también en la obra titulada Familia, participando con ella en el primer Concurso de Escultura Joven organizado el 2000 por la Fundación Telefónica. Al comenzar el año siguiente su trabajo con mármol, el mismo tema persistió en la primera obra esculpida en Noruega en este material, titulada Beso puente.

La amplia muestra individual en la galería Artespacio en abril de 1999, titulada «Maderas», reunió trece piezas de gran formato, fruto, en parte, del trabajo desarrollado con el apoyo de la beca Fondart 1998. El público pudo ver, por primera vez, un conjunto de trabajo volumétrico en un solo material que permitió apreciar en detalle la propuesta de la artista. El gran respeto por la «natural corporeidad» de la madera, como diría Patricia del Canto, hace pensar que Marcela priorizó en la mayoría de las obras expuestas el material antes que el tema. Esta sútil diferencia hace ver y percibir «cuerpos de madera» y «cuerpos en madera», los dos modos de la escultora de resolver volúmenes. Facilita el goce del material y la comprensión de las formas, que en algunas obras, como Sarcófago, potencian el desprendimiento hacia la abstracción, y en otras, como El bote del amor, evidencian la presencia de los «cuerpos en madera».

En la exposición del Museo Nacional de Bellas Artes de nuestra escultora con Roberto Pohlhammer se sintieron también los ecos de los simposios de Valdivia. Los troncos del bosque nativo, destinados primeramente a chips, se transformaron en notables volúmenes en las manos de la artista. La ocupación del hall principal del museo trajo consigo, sin duda, una problematización de la escala de las obras, realidad que puede modificar «dramáticamente» la forma misma de la escultura, según Francisco Gazitúa[4]. En dicho sentido, las piezas de Pohlhammer y Romagnoli, emplazadas en el mismo espacio, fueron un buen ejemplo de manejo de la escala en un recinto museal y público. Se hicieron presentes en el monumental hall sin que este las tragara, asumiendo el estatuto autónomo y modernista de las esculturas, consideradas «nómadas». Buscando, a la vez, el sentido del más allá de los propios límites de la obra existente, anhelo que Roberto Pohlhammer tradujo en su reflexión acerca de la obra de Marcela:

Y así, estas obras escultóricas caen, se precipitan con todo el peso de su gravedad simbólica, en el equívoco de una permanencia inestable, abisal. Todo es y no es. Las partes suelen rebasar el mayorazgo del todo, revalorando así el sentido de lo infinito: lo pequeño que es grande en su intimidad profunda. Amor y muerte. Transfiguración del espacio y del tiempo para encontrar su calce en la expresión formal de la escultura.

Cabe recordar, junto a la reflexión de Roberto Pohlhammer, que nuestra artista trabaja de forma muy libre, sin bocetos previos. Lo acabado del tallado da, no obstante, la impresión de una obra más bien premeditada producto del gran formato de la escultura. En el plano de la observación visual y estética, las figuras surgen de la madera tallada con mucho oficio y respeto por el mismo material, que nos une sin mediaciones con la naturaleza original y orgánica.

[1] Cruz de Amenábar, I. (2003). Lily Garafulic. Forma y signo en la escultura chilena contemporánea. Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, p. 186.

[2] Menna, F. (1977). La opción analítica en el arte moderno. Figuras e íconos. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, p. 10.

[3] El Mercurio, 30 de enero de 2000.

[4] Gazitúa, F. (1995). Catálogo de Exposición Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, p. 34.

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